Nombre del cuento
I
—Cualquiera que pase una noche aquí, pasará toda su vida.
—O sea que si me quedo esta noche, ¿ya no me iré? —dije divertida, siguiéndole
la corriente.
—Vos podés irte. Ya era de noche cuando entraste ¿No?
—No, todavía había sol.
—Pero, ¿te fijaste si ya había luna? Eso es lo que cuenta. Viniste con
la luna de afuera —dijo. Y se quedó callada esperando. Estaba frente
a alguien que se había detenido a escucharla, pero no estaba segura de
haber despertado su interés. Que creyera sus disparates estaba descartado
y ella era consciente de eso. Pero si mi curiosidad era suficiente, podría
contar su historia. Eso le entusiasmaba. Aunque también era posible que
solo quisiera burlarme. O tal vez era demasiado amable como para decirle
que no me importaba. Entonces solo esperaba y me miraba. Parecía estar
acostumbrada a esta rutina y conocer los posibles desenlaces. Si solo
le había prestado atención por cortesía, le diría:
—Bueno. —Sonrisa— Chau.
—Chau —diría ella y también sonreiría.
Pero eso no pasó.
— ¿La luna de afuera? —dije en cambio. Y como mi tono de voz no tenía
rastros de sarcasmo, me señalo un banco de la plaza que estaba enfrente.
Cruzamos la calle en silencio, nos sentamos y empezó a relatar:
—Está demostrado que la luna que sale en este pueblo, no es la misma
que sale en el resto del mundo. Pero si alguien entra con la luna de
afuera, como vos, pasará la noche con la luna de afuera ¡Sería un disparate
creer que las lunas pueden intercambiarse una por otra a mitad de la
noche! —dijo riéndose. Su risa era fuerte y contagiosa y la acompañaba
con los ojos que se ponían de un gris más intenso y brillante, casi metálico.
— ¿No te parece? —agregó buscando mi complicidad. Yo al escuchar la palabra
“disparate” dentro de una historia tan disparatada, no pude resistir
la tentación y reí con ella. Se dio cuenta de que nos reíamos de cosas
distintas. Pero a las dos nos daban risa los absurdos y eso le agradaba.
—Hay personas a las que los absurdos les ofenden –dijo muy seria. Y
se quedó esperando algún comentario. Pero como solo asentí con la cabeza,
siguió hablando. Eso también le agradó: le parecía una muestra de respeto
del auditorio hacia el orador. Como cuando el discípulo se guarda sus
comentarios para escuchar los del maestro que sin duda serán más interesantes.
—Cualquiera que vea salir nuestra luna y duerma bajo su luz, soñará
con ella y se quedará por siempre acá con la certeza de que en ningún
otro lugar podría ser feliz.
— ¿O sea que acá son todos felices? —pregunté irónicamente.
—Claro. Si la felicidad es sentir que uno fue hecho para hacer lo que
está haciendo, acá la coincidencia entre realidad y voluntad es total.
— ¿Y qué pasa si alguien se va?
—Nadie se va.
—Buenas tardes —dijo una señora que pasaba. Tenía el rostro inexpresivo
y la mirada vacía. Al verla me di cuenta de que todos los rostros del
pueblo eran así. Te miran a los ojos cuando hablan, pero es como si la
mirada se desvaneciera en el trayecto y nunca llegara a los ojos del
destinatario. También llamaba la atención el brillo de sus ojos. Se me
ocurrió que el pueblo tenía ojos de estrellas, porque brillan pero no
alumbran. “Las estrellas no alumbran porque están muy lejos”, reflexioné
inmediatamente. También los números rojos de los relojes digitales son
así. Y las lucecitas que hay en los aparatos electrónicos para indicar
que estan en Stand-by, o sea, apagados pero conectados.
—Buenas tardes —contestó mi nueva amiga. Su mirada sí alumbraba. De
hecho era más penetrante de lo normal y eso me inquietaba por momentos.
Siguió a la señora con la mirada, como esperando que se alejara. Era
tarde, de madrugada y no se veía a nadie más en la calle. No había ruidos
de autos, no pasaban colectivos, los grillos eran responsables del único
sonido que llenaba el silencio. Ya no retomó su historia, así que le
pregunté por qué el pueblo se llamaba así. En parte porque me había llamado
la atención que se llamara Nombre, pero más que nada para conservar su
compañía. Tenía algo cautivante.
—En realidad se llama “nombre del pueblo” —dijo distraídamente mientras
aun vigilaba como se alejaba la señora. Tras una pausa recuperó la disposición.
Era evidente que disfrutaba contando historias. Hablaba como si estuviera
en el escenario más renombrado del mundo frente al público más distinguido.
Aunque solo estuviera yo en el banco de una plaza.
—Esa si que es una buena historia. —dijo enigmática. —Resulta que cuando
fundaron el pueblo no sabían que nombre ponerle. Querían un nombre deslumbrante,
querían el mejor nombre que ningún pueblo haya tenido nunca. Un nombre
mágico, que hechizara al que lo escuchara. Pero no se les ocurría tal
nombre. Se dice que “Abracadabra” fue lo mejor que pudieron pensar. Lo
que es lo mismo que decir que no pudieron pensar nada. A nadie le gusto.
Yo personalmente no creo que haya existido esa propuesta, es demasiado
ordinaria. A los turistas les gusta inventar cosas así. Esos no se meten
en el pueblo, ni se abren a él. Solo miran sin tocar, como en un museo.
Y compran algún souvenir que será la única prueba de que estuvieron acá.
No se llevan nada más. No dejan huella, ni tampoco los marca su paso
por aquí. Cuando les contás una historia, la toman como un entretenimiento,
una curiosidad, una pieza más del museo. Una mentira. No saben que basta
con creerla para hacerla realidad. Si se meten en la historia, será real
mientras dure. Eso es hacer magia y eso era lo que buscaban Los Fundadores.
Pero el tiempo pasaba y necesitaban un nombre para escribirlo en los
documentos oficiales. Así fue que decidieron poner [nombre del pueblo]
—dijo mientras dibujaba la forma de unos corchetes en el aire— en los
lugares donde debía figurar el nombre del pueblo, para poder seguir pensando
un nombre sin la presión de la burocracia. Al cabo de dos años, decidieron
que ya era hora de perder las esperanzas. Tal fue la frustración que
los embargó, que simplemente borraron los corchetes sin siquiera cambiar
la ene y la pe de minúsculas a mayúsculas.
Un perro salió de abajo del banco y en una secuencia tan ensayada que
parecía un solo movimiento, se desperezó, bostezó, elongó sus patas placidamente
y empezó a caminar.
—Bueno, ya me tengo que ir a mi casa —dijo mi amiga señalando un monte
que se veía a lo lejos.
— Pero entonces, ¿no vivís en nombre? —pregunté extrañada.
—No. Todos los gatos se van del pueblo cuando se está por poner la luna,
se escapan de sus casas y se van. Por algo lo harán. Así que yo también
lo hago.
— ¿Y los perros? —pregunté señalando al que acababa de conocer.
—Los perros que tienen casa se quedan con sus familias. Los vagabundos
se van también —dijo mientras se paraba. —El gato es él. El perro es
su manada —explicó al ver que me quedé pensativa. Después se desperezó,
bostezó ruidosamente, elongó los brazos y se fue. Tenía el pelo blanco
y más largo de lo que me había parecido. Le encontraba algo familiar
pero no lograba determinar que era.
La alcancé y le pregunte:
— ¿Y el que no duerme? Si uno no duerme, no sueña.
—Todos se duermen —dijo despidiéndose.
Ya era de día. Sacudí la cabeza para salirme de la historia y me dediqué
a recorrer el pueblo mientras comía dos manzanas que tenía en la mochila.
Más que por hambre, para liberarme del peso. No había museos ni monumentos
colosales, pero las casas y calles eran un espectáculo por si mismas.
En un boulevard había un árbol que tenía cara y dos brazos levantados
con diez dedos como rayos disparados al sol y una nariz redonda muy grande.
Había otro que subía unos metros y después bajaba como un tobogán hasta
casi tocar el suelo. En el jardín de una casa de piedra, rota y tapizada
de hiedras, musgo y humedad pero imponente como el más medieval de los
castillos, había una flor blanca más grande que mi cabeza. Me la quedé
mirando un buen rato sin saber por qué. En el cementerio había un señor
de traje sentado en una sillita de madera podrida que hablaba solo mientras
acariciaba una lápida, también de madera podrida, y se guardaba en el
bolsillo las astillas que se desprendían. En una plaza un chico se detuvo
a saludar a una señora. Y el bebé de la señora se reía en su cochecito
mientras el perro del chico le lamía los pies.
Pasado el mediodía empecé a prestar más atención a los olores que a
los colores y guiada por ellos desemboqué en un restaurante. Me acomodé
en una mesa al sol, un mozo me alcanzó el menú, puso la mesa y se quedó
esperando.
—Quiero uno de esto —dije señalando el único nombre de la lista que
no conocía.
—Muy buena elección —comentó sonriendo satisfecho y siguió esperando.
—Y una cerveza —agregué. Y se fue para volver al poco tiempo con mi
almuerzo. Realmente había sido una buena elección. Estaba cansada así
que me quedé ahí tomando un café y escuchando pedacitos de conversaciones
de la gente que pasaba. Cuando me aburrí de eso volvió el mozo y junto
con la cuenta me dio un alfajorcito en una bolsita de celofán atada con
una cinta en la que se leía “Recuerdo de nombre del pueblo”. Le pregunté
para donde quedaba la estación y me fui.
El camino atravesaba un parque que estaba lleno de loros y como era
temprano decidí sentarme un rato bajo un árbol para observarlos. No paraban
de chillar y hacer escándalo. Me acordé de la historia de mi amiga. ¿Los
loros también se irían del pueblo como los gatos? ¿Sueñan los loros?
Empezó a oscurecer y la famosa luna de nombre apareció en el cielo. Parecía
la misma de siempre. Me la quedé mirando mientras comía el alfajor ¿Sería
otra luna? Por las dudas, me levanté y corrí los metros que me separaban
de la estación. Al llegar la busqué en el cielo para asegurarme de que
todavía estaba, tenía que irme antes que ella para no quedar atrapada
en nombre. ¡Ahora era naranja! ¿Cómo podía ser? Si ya no había nada de
sol. ¿Sería un eclipse? De golpe sentí un escalofrío y comprendí lo que
pasaba: estaba abajo del árbol.
— ¡Me quedé dormida! ¡Estoy en el árbol del parque soñando con la luna!
Tengo que despertarme e ir a la estación. Un pueblo no puede tener su
propia luna. Me voy a despertar, voy a ir a la estación y me voy a ir
de nombre —dije en voz alta. Pero no podía despertarme. Decidí que lo
más lógico era volver al parque a buscarme. Empecé a caminar sin dejar
de vigilar a la luna para asegurarme de que no se fuera. La caminata
me despejó y ya más tranquila me dio risa mi situación. Esta si que era
una buena historia para contar cuando llegue a casa. Y la historia de
cómo se eligió el nombre del pueblo también. ¿A quien se le puede ocurrir
que un pueblo no tenga nombre propio? Esa gente estaba loca. Llegué al
parque pero no me encontré por ningún lado. Empecé a desesperarme y a
pensar disparates. ¿Podría ser que todo el pueblo estuviera dormido y
por eso tienen esa mirada? ¿Estarán todos como yo buscándose para despertarse
e irse? Así estaba, pensando y buscando explicaciones, cuando escuché
que alguien se reía de mí. Pero no había nadie. ¿Quién se reía? ¿Era
la luna? ¿Como se va a reír la luna? No, no era la luna. Era yo. Pero
igual me enojé con la luna y le tiré una piedra. Y le di. No está tan
lejos como dicen. Estiré la mano y la agarré.
—Tengo una luna. —le dije a la luna.
¡Ahora entiendo! —Exclamé sonriente, casi eufórica— Los Fundadores no
se habían resignado. Simplemente entendieron que tener una luna propia
era más importante que tener un nombre propio. Acá tengo mi propia luna
¿Cómo podría ser feliz en ningún otro lugar?
Continuará...